58 Aniversario UCSM: Discurso de Orden

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58 Aniversario UCSM: Discurso de Orden

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cargo del Dr. Jaime Amado La Rosa

 Permítame, Sr, Rector, Dr. Alberto Briceño Ortega, agradecer su gentileza por honrarme con el discurso de orden, con motivo del quincuagésimo octavo Aniversario de la Universidad Católica de Santa María; honor que lo recibo con gratitud en mi calidad de ex docente de esta casa superior de estudios.

Antes que nada, quiero dejar expresa constancia de mi reconocimiento y cariño al RP Dr. William Morris Christy, fundador de esta casa de estudios. Lo recuerdo enclavado en su sacerdocio y encajado en esta Universidad, que fue su jardín, su altar, y su mejor refugio. En mi opinión, hombre de mucha fe, pues cristalizó su proyecto de formalizar una Universidad en Arequipa, y enfiló su proa visionaria hacia la creación de la Universidad Católica de Santa María. Gracias Padre Morris, como así te llamaron, los miles de estudiantes y cientos de profesores que peregrinaron por esta casa de estudios.

Igualmente, deseo testimoniar mi homenaje de gratitud a esta casa de estudios por sus 58 años de vida institucional; soy consciente que su tránsito, trayectoria y servicio a la comunidad, es testimoniado por el compromiso de formar profesionales idóneos, que responden al encuentro con el país en su problemática permanente y que honran su profesión con la dignidad que los tiempos reclaman.

Para intentar corresponder a la generosidad que se ha tenido conmigo, y siendo educador de profesión, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre la importancia de la educación humanista y su trascendencia en el desarrollo humano y prosperidad nacional; pues ésta -la educación humanista- persigue formar integralmente a las personas, enriqueciendo su cultura; transformando su vida, personal y social y otorgándole las herramientas para su adaptación a nuevos contextos como los que vivimos; ello, con el objeto de generar una sociedad justa, igualitaria y dinámica en las que, el respeto y la tolerancia sean las premisas de la convivencia humana.

La educación humanista, siempre ha sido importante en el desarrollo de los pueblos y ha adquirido mayor relevancia en el mundo de hoy que vive profundas transformaciones y cambios vertiginosos, motivadas, en parte, por el avance de la ciencia y sus aplicaciones, así como el acelerado desarrollo de los medios y las tecnologías de la información.

En las economías modernas, la educación se ha convertido en uno de los factores más importantes de la producción. Las sociedades que más han avanzado en lo económico y en lo social son las que han logrado cimentar programas educativos novedosos a nivel poblacional, partiendo de la niñez y la familia y ampliando su horizonte hacia la sociedad en general.


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Estas naciones y pueblos han comprendido que la tarea educativa no compete sólo a las escuelas y universidades; sino que es compromiso y adeudo de la sociedad, tendente a la formación humana que nunca termina, pues el hombre es historia y es acción; y, como tal, humaniza su entorno haciéndolo viable; corre riesgos en cada una de sus acciones, aprendiendo de sus errores y fortaleciendo sus virtudes; se estimula a través de los problemas que va viviendo para nuevos aprendizajes; y va detectando señales que le conllevan a tomar decisiones resolutivas, humanizando a las personas y poniendo a la tecnología al servicio del hombre en sus necesidades más inmediatas.

Una educación humanista permite a los pueblos alcanzar el bienestar social y el crecimiento económico, caso Japón y Singapur; elimina las desigualdades sociales que -a veces- corroen el alma y la identidad de las personas, caso Suecia y Finlandia; fomenta los valores cívicos, conducentes al respeto y solidaridad con el país, con las leyes, con los necesitados, con la naturaleza, con los otros, caso Japón.

Somos uno y somos todos: pero el otro está en nosotros – dice el poeta Octavio Paz-; y es que formamos parte obligada del tejido social y nos cobijamos en su paraguas; cada uno constituimos parte de un engranaje que, rodando, hacemos avanzar a la sociedad para bien o para mal, dependiendo de la educación recibida; a ella -a la sociedad- desplegamos individualmente nuestros brazos y ella nos abraza con sus valores, sus costumbres, sus creencias o sus ideales. Consecuentemente, el trabajo individual dignifica a cada uno de nosotros y es la sociedad quien la consolida y recoge los frutos para convertirlos en semilla para las nuevas generaciones. Persona, educación y sociedad; una ecuación importante en el desarrollo de los pueblos.

Qué generosa lección de lo que significa el esfuerzo en sociedad, la que nos otorga la naturaleza en palabras de Walt Wittman: “Oh tu incrédulo, si te animas a ver algo grandioso baja la cabeza, mira con detenimiento a la hormiga, es un milagro; trabaja en sociedad, busca el bienestar de su sociedad”.

y es que, en las hormigas, distinguido público, su inteligencia está en la “colonia”, su grandiosa auto-organización, como colonia, brota desde su ADN.

Es posible que la Naturaleza nos haya querido dar una efectiva lección de amor y entrega a la sociedad. La hormiga da, da sin contar. Nada es suyo, ni aun lo que tiene en su cuerpo. Es la gran austera del reino animal. No es más que un órgano caritativo. Trabajadora porfiada, austera, virtuosa, no disfruta de mayor satisfacción que la de ofrecer, a quien quiera tornarlo, el fruto de su trabajo.

Una educación humanista nos hace comprender nuestra propia estrechez y limitaciones personales; pero, igual,’ nos permite una obligada apertura enfrente de los demás al encuentro de su dignidad, como un derecho innato, inviolable e intangible de la persona, lo que hace que se le respete y se le considere como ser humano y no como número.

La educación humanista considera que cada quien tiene su identidad, su alma, su karma, que son como fuerzas invisibles y trascedentes que se concretan en cada una de las acciones que realizamos y que son las armas para reaccionar positivamente frente al mundo en su problemática, la cual, a veces es obsequiosa y complaciente; en momentos espinosa y enredada; en oportunidades cruel e inhumana; pero que, en relación intrínseca con el paraguas de la sociedad, encuentra, cada quien, el camino adecuado para contribuir al bienestar colectivo, sin importar la raza, el sexo o la religión.

Sin embargo, a pesar de las voces de grandes educadores como Encinas, Martí, Paulo Freire, Maslow o Carl Rogers, pulsamos en el mundo y en nuestro país, una sociedad injusta, desigual, intolerante y depredadora de la naturaleza; donde los valores se han trastrocado; donde la niñez, rostro humano valioso,

está desamparada; donde las mujeres, en muchos casos, viven su propio infierno; donde la pobreza alcanza a niveles desconocidos; donde el ecosistema ha sido dañado por el ser humano, donde la internet parece sustituir al maestro, donde las redes sociales son el pan nuestro de cada día para millones de jóvenes, como único recurso de comunicación real, etc. Estos y otros problemas, que conformarían una larga lista, están deshumanizando al hombre, como sostiene Paulo Freire, quien llega a decir que se actúa como masa y no como persona por falta de una educación liberadora y humanista.

En el Perú y en el mundo, tenemos muchos problemas que son derivados de la ausencia de una educación humanista, y a los cuales, como educadores y aprendices tenemos que visionarios.

Respecto a la niñez, José Antonio Encinas, nos otorga una pista que responde a su realidad y lo cito: “El niño es el ser más incomprendido y el más conculcado de todos los tiempos. Todos los males que sufre la sociedad son consecuencia de nuestra incapacidad para comprender a los niños. Hay que prepararse para

comprenderlos”.

Julio Ramón Ribeyro, en el cuento, Los gallinazos sin plumas, nos presenta a Enrique y Efraín, dos niños, que, obligados por su abuelo desalmado, Don Santos, tienen que recoger, muy de madrugada, desperdicios alimenticios en los basurales para sostenerse, so pena de ser castigados cruelmente. Estos niños, son el espejo de miles de niños abandonados, sin voz, sin techo, sin el pan de cada día, sin ideales; sin el afecto de madre y padre, sin educación; como dice el poeta: “son niños, cuya mirada parece taladrar la tierra; cuyos huesos asoman gritando desesperadamente; cuyos brazos no hallan abrazos extendidos; cuya alma e integridad está rota; son niños, pero lo son”. En el mundo mueren 22 mil niños diariamente por situaciones de pobreza extrema, y 3 billones viven con menos de 3 dólares al día; según el fondo de las Naciones Unidas.

Los países desarrollados invierten más del 10% del PBI en educación; Singapur, Japón, Suecia y Finlandia, están a la cabeza; en América Latina, Brasil y Bolivia comandan el grupo, pues invierten más del 6% en este rubro; nuestro país invierte sólo el 3.2%. Me pregunto, ¿Es que no hay conciencia del valor de la educación en nuestro país? ¿Es que aún, quienes nos gobiernan, no se han empoderado que el desarrollo del país va en consonancia con la educación que se da desde la niñez? Colegios desprovistos de bibliotecas, de campos deportivos, de aulas acondicionadas, de escasez de materiales didácticos, de ausencia de internet, de espacios de belleza como un jardín. Toca a cada quien valorar, qué es lo está pasando.

El tema de las mujeres siempre ha sido una trama sensible. La historia nos dice cómo fueron vapuleadas, discriminadas, abusadas y violentadas; relegadas a segundos puestos, impedidas al acceso a la educación secundaria y superior, violadas en su intimidad, impedidas de ejercer cargos de responsabilidad, mancilladas en su dignidad y sometidas al yugo matrimonial por considerarlas como el sexo débil. Tanta inhumanidad y ello, debido a la ausencia de una educación humanista que las considere en su dignidad y respeto. Fue el grito de las propias mujeres, desde flora Tristán o Simón de Beauboir, quienes hicieron conciencia de esta situación reclamando leyes más justas y humanas que encandilaran su condición de seres humanos. Hoy la situación, felizmente, está cambiando.

Otro de los temas sensibles y que demuestran la ausencia de una educación humanista es el cambio climático que viene operándose en el mundo, el cual traerá mortandad de especies y trastornos en el ecosistema y de los cuales no tenemos que culpar a los océanos de las catástrofes que vienen, tras la orgia



ambiental que se ha producido a lo largo de dos o tres generaciones, por falta de una educación humana que comprenda a la naturaleza, la cuide tal como nos la ha sido entregada; que la privilegie y la ponga en valor. Playas contaminadas; plásticos por doquier en los mares; basura y más basura arrojada en el mar. Nos preguntamos, ¿qué está ocurriendo en el mundo?; ¿está faltando una educación humanista que haga conciencia del valor de los mares ¿por qué se actúa como masa, y no como personas al arrojar plásticos

sin ton ni son en los mares del mundo? Preguntas y más preguntas.

La internet, buena y maligna, como la califica Pérez Reverte, cierto que ha exponenciado un” veces el conocimiento humano a través de las bibliotecas digitales y virtuales, ofreciendo millones de libros para consulta y haciendo la comunicación más sencilla con lugareños de todo el mundo; pero, igual, está deshumanizando al hombre al ofrecer programas que distorsionan el encuentro consigo mismo: pornografía, violencia explícita, terrorismo, por no citar otros problemas. Pero, lo más grave, y lo digo, el peligro que la internet sustituya al maestro en algún momento por su incidencia obligada y por la dependencia de miles de niños y jóvenes hacia ella.

Como dice Vallejo, ¡Hay hermanos, muchísimo quehacer!  No vaya a pensarse, sin embargo, que todo es malo, diabólico o protervo en la humanidad. Hay sociedades que han burilado el alma de los niños, a través de una educación humanista, porque saben que ahí está la simiente y ahí está la clave para el encuentro con la dignidad del hombre y el engrandecimiento de las futuras generaciones y saben que primero está la educación y después la enseñanza. Por eso, han logrado articular el Estado, el hogar, la escuela y la sociedad; y entienden que, a los niños, desde los primeros años, se le deben cimentar valores; despertar su amor por la naturaleza y resucitar, en ellos, el diálogo, como elemento sustancial en el encuentro con los demás.

La educación tiene que recuperar su dimensión humanizadora e integral, dando un sentido a nuestras vidas, a nuestras acciones, a nuestras relaciones, y asumiendo como tarea central la construcción de un mundo más justo, inclusivo y sostenible. Maslow nos habla de las “experiencias cumbre”, que constituyen momentos de profundo amor y entendimiento hacia sí mismo y hacia los demás; donde cada quien se siente más completo y autosuficiente, y más consciente de la verdad, la justicia, la armonía y la bondad.

Como dice Vallejo, ¡Hay hermanos, muchísimo quehacer!  Las Universidades son espacios monopólicos y privilegiados para contrastar ideas; formar mentalidades en avanzada; escrudiñar la realidad y orientarla a

través de la investigación; formar una conciencia de transformación y aportar valores y pensamiento al proceso de cambio; el paradigma educativo humanista es dialógico por excelencia en permanente intercambio con la realidad, asumiéndola, cuestionándola y empoderándola.

La UCSM en su “Modelo Educativo”, 2017, afirma: “Buscamos el desarrollo científico y tecnológico sobre la base humanista y buscamos completar la humanidad de cada quien en su pertenencia y dignidad porque somos conscientes que ello redundará en beneficio del país”.

Desde el lugar que nos encontremos y desde el puerto en que hemos anclado, orientemos nuestras vidas hacia el encuentro con la educación humanista, la cual prodigará el bienestar y desarrollo de nuestro país, que tanto anhelamos.

Permítame, Sr. Rector, en la parte final de mi discurso, agradecer a mi segundo hogar, la Universidad Católica de Santa María, en la cual laboré 42 años, sumiendo su historia, buceando en su alma e identidad, recogiendo datos y experiencias, reflexionando en sus hechos e ideales y almacenando sus semillas y almácigos; es en el dictado de la cátedra de literatura donde encontré una de mis fortalezas y donde consolidé mi formación profesional, asumiendo la lectura de libros como un imperativo categórico en mi quehacer profesional; fue la sana lectura la que me sacó de mi pequeño mundo, la que me aperturó espacios infinitos y la que me permitió fantasear.

Gracias Universidad Católica por darme un estatus familiar; por fortalecer mis valores, por robustecer mi profesión; por vivificar mi encuentro con la vida y enseñarme a sembrar antes que recoger.

 

Gracias.

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